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Voz y vocalidad Enric Palomar
La ópera se inicia con una introducción en la que el coro canta el poema de Valle titulado Rosa de llamas de su libro El pasajero, una metáfora sobre el ocaso de una niebla lírica muy característica del autor.
El final de la escena 1 es un punto ideal por el jaleo y el ruido de los parroquianos para incorporar una canción de tipo popular. Hay diferentes lugares donde Valle-Inclán designa que sucede esto. Por lo tanto, consideré oportuno incluir una canción, que he titulado Golondrongo por su reiteración en el ritornello, que proviene de la tonadilla a tres de El cordero perdido, de Blas Leserna. Data de 1781 y la extraje del Cancionero musical popular español de Felip Pedrell. Es una tonada muy válida para esta situación escénica y nos remite a las representaciones que se hacían en corrales y plazas públicas durante los siglos XVII y XVIII. He rearmonizado por completo la canción y he añadido algunos interludios instrumentales cuando los parroquianos ejecutan algunos diálogos hablados de inequívoca vis cómica. Esta canción es el epílogo de la preparación de la ronda que se ha ido planificando durante toda la escena.
La aparición del ciego (escena 2), con su aire entre tenebroso y burlesco, rompe una supuesta paz en el establecimiento. El ciego es un personaje de voz potente y dramática. Su aparición está sustentada por dos monólogos casi seguidos. El primero tiene forma de copla popular escrita y versificada por el mismo Valle-Inclán, de perfil costumbrista pero envuelta en un aura canalla, de absoluta irreverencia. Cada estrofa del ciego se contrapone a una respuesta del mozo, de talante más bucólico. El segundo monólogo del ciego funciona como profecía obscurantista, con un fuerte aroma de especulación sobre traiciones, muerte y desolación. Aquí he incorporado al coro, en diálogo musical con el ciego (recuerdo aquí que el coro no tiene presencia escénica) y he dotado las frases de una fuerte carga simbólica, ayudando, además, a guardar la profecía en una “retina musical” que después se cerrará. Este segundo monólogo del ciego está planteado en un ritmo de tientos, antiguo ritmo español pausado, un poco ceremonial y angustioso, en compás de 4 y que sigue siempre el esquema, que procede de la danza, “cuerpo de letra- cierre rítmico voluminoso” en el tercer tiempo. Es la variante lenta de los llamados tangos flamencos que proceden de la mezcla entre los ritmos autóctonos ibéricos y los ritmos del Caribe.
Así, al final de la escena 3, la obra entra in media res. El Jándalo y Don Igi se encuentran cara a cara en un diálogo muy crudo que explicita el porqué de la llegada: un chantaje cruel a propósito de un episodio oscuro de Don Igi en las Américas. Los parroquianos y el Jándalo (ante un histriónico Don Igi) se van “entonando una mazurca de aldea”. Valle hace esta anotación y esto me permitió utilizar de nuevo el folklore y adecuar una antigua canción castellana, cuya letra glosa de forma especial lo que está sucediendo:
La aprobación de la estrategia da paso al clímax escénico de la obra (escena 5), un auténtico rompecabezas de perversiones distintas: en el centro, la Pepona excava en el suelo la tumba del futuro cadáver. El Jándalo y los rondadores se acercan al local y, en off, cantan coplas populares del mismo Valle. Superpuesto a todo ello, el coro aparece puntualmente cantando versos del poema La rosa del reloj, de una tenebrosa irrealidad lírica.
En este preciso momento Valle-Inclán provoca un precipitato (escenas 6, 7 y 8). Son escenas de ritmo fulgurante, de crescendo en la locura de Don Igi y en la actitud socarrona del Jándalo. El final de la ópera (escena 9) es un solo de la Pepona por encima del coro que, en pianísimo, canta los versos del poema Vista madrileña y en el que entona una especie de nostalgia macabra, puesto que su pulsión sexual iba dirigida al Jándalo y nunca a Don Igi. La ópera se cierra con frases de Don Igi totalmente rodeadas de locura y soledad. |
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