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Síntesis argumental y libreto

La cabeza del Bautista, ópera en un acto y ocho escenas de Enric Palomar sobre el texto homónimo del «melodrama para marionetas» de Ramón María del Valle-Inclán, adaptado por Carlos Wagner, se estrena en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona el 20 de abril de 2009 bajo la dirección escénica del propio Carlos Wagner y la dirección musical de Josep Caballé. La ópera sigue básicamente la obra de Valle-Inclán incluida en el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, con leves supresiones, pero integra en la escena una serie de canciones y tonadas populares, sólo esbozadas en el original, que suponen la incorporación, además de la rondalla de mozos ya señalada por Valle, de un coro mixto entre los parroquianos y de la figura del Ciego y su mozo, personajes de El embrujado, otra pieza del Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte. La introducción se basa en el poema Rosa de llamas de Valle-Inclán.

Introducción
A manera de obertura, la ópera se inicia con un canto coral, que anuncia una cruenta tragedia provocada por el afán de venganza y de dinero de
la víctima.

Escena primera
En el café de billares, propiedad de Don Igi el Indiano o Gachupín

-así llamado por amasar fortuna en las Américas–, una noche estrellada algunos parroquianos juegan al billar, mientras los mozos templan guitarras y ensayan cánticos para la ronda nocturna.

Escena segunda
Entra el Ciego de Gondar, que los presentes consideran unánimemente un personaje maligno y desvergonzado, que canta una copla, «En Quintán de Castro Lés», coreada por el mozo que lo acompaña y
guía. Don Igi lo trata con dureza y el ciego canta ahora una melopeya sobre la desgracia de ser pobre de solemnidad, que el coro acompaña. Así, el monólogo del ciego teje una especie de profecía-oráculo respecto a los futuros acontecimientos. Don Igi, la Pepona (su amante) y los parroquianos del bar le obligan a marcharse de malos modos.

Escena tercera
Aparece el Jándalo, joven y apuesto, que llega montado a caballo y afirma ser forastero, llamarse Alberto Saco y haber recorrido toda América. El Jándalo pronto inicia un manifiesto coqueteo con la
Pepona mientras afirma que tiene que hablar con Don Igi de una cuenta pendiente. Mientras, los clientes cantan burlonamente. Don Igi, que inicialmente se muestra pretencioso y seguro de sí mismo, inicia –con los primeros signos de pavor y angustia– su irrefrenable proceso hacia la locura. El Jándalo le asegura, que ha venido a pedirle dinero y que si no lo obtiene, está dispuesto a dar a conocer públicamente las causas de su relación, ya que está libre de la última condena. Bromea sobre los atractivos de la Pepona, invita a los presentes a una copa y se va con los parroquianos que alborotan y cantan una mazurca.

Escena cuarta
Quedan solos la Pepona y Don Igi, que está muerto de miedo. Empujado por la inesperada presencia del forastero, Don Igi se confiesa ante la Pepona con una versión exculpatoria de unos tremendos hechos de su pasado: el asesinato de la Baldomerita, su primera mujer. Don Igi
acusa del crimen al Jándalo, según él hijo del primer matrimonio de la Baldomerita: “La mató para heredarla”. Al descubrir éste que los bienes de la difunta estaban hipotecados por Don Igi, su segundo marido, para obtener mayores rendimientos, lo denunció por el crimen cometido a la Justicia mejicana, enemiga desde siempre de los españoles adinerados. Don Igi fue condenado y además de cumplir la condena se vio obligado a liquidar el negocio que tenía en la ciudad de Toluca. La reacción de la Pepona es clara, no quiere que Don Igi –que se siente viejo y aterrorizado, y está dispuesto a pagar para no perder su prestigio en el pueblo– suelte un céntimo. Hace beber a Don Igi para darle valor y hacerle olvidar a la difunta, de la que el Jándalo tiene sus ojos.

Le propone que ella distraerá al joven, que la busca, y, mientras tanto, él podrá clavarle el puñal por la espalda, tal y como hizo con la vieja. Don Igi, agradecido por la idea y por el coraje que le inspira la Pepona, decide llevar a término la propuesta y enterrarlo bajo los limoneros.

Escena quinta
En el silencio de la noche, se oyen los golpes del azadón que maneja la Pepona para cavar la futura tumba del Jándalo. Se escucha desde fuera el coro que canta una copla amenazadora y la proximidad de la rondalla de mozos, entre los cuales se encuentra el Jándalo. La Pepona aparece en la puerta con el apero en las manos. Don Igi le pide silencio con un dedo en la boca y los de la rondalla vuelven a cantar, borrachos.
La mujer le recuerda que tenga a punto la daga.

Escena sexta
A la luz de la luna, la Pepona se presenta provocativa y el Jándalo se le acerca, seductor. Don Igi observa la conversación, horrorizado, y ella
una vez más se muestra segura y dominando la situación, contenta de ser objeto del deseo del macho. La Pepona le dice que vuelva cuando no haya público.

Escena séptima
Don Igi está celoso de las maniobras seductoras de la Pepona y el Jándalo. Ella, efectivamente, sigue adelante con su idea: lo camelará
esta noche, el viejo tiene que simular no verlo y no moverse hasta el momento preciso de clavarle en su espalda el puñal que tiene escondido en la manga.

Escena octava
Don Igi ofrece una copa al Jándalo cuando llega. Éste continúa con
las insinuaciones de antes, a pesar de la irritación de Don Igi, e insiste en la cuestión del dinero, exigiendo tres mil pesos y también llevarse con él a la mujer. El Jándalo abraza apasionadamente a la Pepona, que responde a su deseo y al mismo tiempo muestra al viejo con su dedo al aire la espalda del Jándalo. La Pepona pierde la conciencia en sus brazos y pronto nota como se enfría sobre su boca la boca del Jándalo muerto. La Pepona entona entonces un apasionado canto repleto de erotismo al cadáver, «Flor de mozo», al cual pide insistentemente que la vuelva a besar, «¡Bésame otra vez, boca de piedra!», mostrando un gran sentimiento de culpabilidad por haberle dado la muerte e ignorando completamente a Don Igi, que queda estupefacto ante la escena. Irrumpe en la escena desde fuera una canción que canta el coro sobre las campanas que tocan a muertos. Don Igi insiste en cavar el agujero y quemar la ropa del difunto hasta que, horrorizado ante la actitud insistente de la mujer, la insulta: «Vil ramera», y afirma que más le habría valido ceder al chantaje.

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